Tres diseñadores colombianos que trabajan con comunidades rurales y urbanas comparten su visión de un diseño que sirve a quienes el mercado ignora.
Los conocí en un taller de diseño participativo en Medellín, en un barrio de ladera donde las calles son escaleras y las casas se apilan unas sobre otras como si el espacio fuera un recurso que hay que racionar. Camila, Jorge y Daniela llevan años trabajando con comunidades que el diseño convencional ignora: campesinos desplazados, comunidades afrodescendientes del Pacífico, jóvenes en barrios marginados de Bogotá y Cali.
Les pedí que me contaran qué significa para ellos hacer diseño. Lo que sigue es una síntesis de esa conversación.
Camila: Cuando empecé a estudiar diseño, pensaba que mi trabajo iba a ser hacer cosas bonitas. Carteles, logos, identidades corporativas. Cosas que la gente vería y diría "qué bien diseñado". Tardé años en entender que el diseño más importante es el que nadie ve. El sistema de señalización de un hospital que hace que la gente encuentre la sala de urgencias sin perderse. El formulario de solicitud de subsidio que está escrito en un lenguaje que la gente puede entender. La interfaz del cajero automático que funciona para alguien que nunca ha usado un computador.
Jorge: Yo agregaría: el diseño más importante es el que resuelve problemas reales de personas reales. No problemas imaginados por diseñadores en sus estudios, sino problemas que la gente vive todos los días. Y para conocer esos problemas, hay que estar con la gente. No en una encuesta, no en un focus group: en su casa, en su trabajo, en su vida.
Daniela: Lo que más me ha cambiado en estos años es entender que el diseño no puede hacerse para las comunidades: tiene que hacerse con ellas. Cuando llegamos a una comunidad con soluciones ya diseñadas, aunque sean buenas soluciones, estamos reproduciendo la misma lógica colonial que criticamos. Estamos diciendo: "nosotros sabemos lo que ustedes necesitan".
El proceso participativo es más lento, más complicado, más frustrante. Pero produce soluciones que la gente adopta porque son suyas. Y eso vale más que cualquier premio de diseño.
Camila: La pregunta que siempre nos hacen es: ¿cómo se sostiene económicamente este tipo de trabajo? Y es una pregunta legítima. No podemos vivir de buenas intenciones. Lo que hemos encontrado es que hay organizaciones —fundaciones, ONGs, agencias de cooperación internacional, algunos gobiernos locales— que están dispuestas a pagar por diseño que sirva a comunidades vulnerables. No pagan lo que paga una corporación multinacional. Pero pagan.
Y hay algo más: este tipo de trabajo nos hace mejores diseñadores. Nos obliga a resolver problemas reales con recursos limitados, a comunicar con claridad para audiencias que no tienen formación visual, a trabajar en equipo con personas que no son diseñadores. Esas habilidades son transferibles a cualquier contexto.
Autor
Redacción Acento
Equipo editorial de Acento. Blog latinoamericano y global sobre educación y ética en el diseño, avalado por la UNAM y la UAM Azcapotzalco.