Las tipografías que usamos cotidianamente no son herramientas neutras. Son artefactos culturales que llevan consigo siglos de historia, poder y exclusión.
Cuando Johannes Gutenberg diseñó sus primeros tipos móviles en el siglo XV, no estaba pensando en América. Estaba pensando en reproducir la escritura de los manuscritos alemanes de su época. Sin embargo, esos tipos —y los sistemas tipográficos que derivaron de ellos— llegarían a América Latina apenas décadas después, de la mano de la conquista, y se convertirían en uno de los instrumentos más eficaces de la colonización cultural.
La primera imprenta en América llegó a México en 1539, apenas dieciocho años después de la caída de Tenochtitlan. No llegó para publicar literatura indígena: llegó para publicar catecismos, doctrinas y textos de evangelización. La tipografía romana, diseñada para el latín y las lenguas europeas, se impuso sobre sistemas de escritura que tenían sus propias lógicas, sus propias estéticas, sus propias formas de organizar el espacio visual.
Los escribas indígenas que aprendieron a usar la imprenta tuvieron que adaptar sus sistemas de escritura a una tecnología que no había sido diseñada para ellos. El resultado fue una violencia tipográfica que todavía hoy se manifiesta en la dificultad de representar adecuadamente lenguas indígenas con los sistemas tipográficos disponibles.
Las lenguas indígenas americanas tienen fonemas que no existen en las lenguas europeas. El náhuatl tiene la saltillo (el golpe glotal representado con un apóstrofo o una letra especial). El quechua tiene vocales largas y consonantes aspiradas. El maya tiene consonantes eyectivas. Ninguno de estos sonidos tiene una representación tipográfica estándar en los sistemas que heredamos de Europa.
Esto no es un problema menor. Cuando una lengua no puede escribirse correctamente con los tipos disponibles, se produce una jerarquía implícita: las lenguas que "caben" en el sistema tipográfico son las importantes, las que merecen ser escritas. Las que no caben son lenguas de segunda clase, lenguas que se resisten a la modernidad.
En las últimas décadas, un grupo creciente de diseñadores latinoamericanos ha comenzado a trabajar en la recuperación y creación de sistemas tipográficos que respondan a las necesidades de las lenguas y culturas indígenas. Proyectos como Noto de Google —que busca cubrir todos los sistemas de escritura del mundo— o iniciativas locales como las tipografías para lenguas mayas desarrolladas en México y Guatemala, representan un paso importante en esta dirección.
Pero el trabajo va más allá de añadir diacríticos. Se trata de preguntarse: ¿qué estética tipográfica surge de las propias tradiciones visuales indígenas? ¿Cómo sería una tipografía que no partiera de la letra romana sino de los sistemas visuales precolombinos?
Estas preguntas no tienen respuestas fáciles. Pero hacerlas es ya un acto de resistencia tipográfica.
Autor
Redacción Acento
Equipo editorial de Acento. Blog latinoamericano y global sobre educación y ética en el diseño, avalado por la UNAM y la UAM Azcapotzalco.