La fuente más usada del mundo no es neutral. Es la expresión de una ideología estética específica que ha dominado el diseño corporativo durante setenta años.
En 1957, Max Miedinger y Eduard Hoffmann diseñaron en Suiza una tipografía que llamaron Neue Haas Grotesk. Tres años después, rebautizada como Helvetica —del latín para "suizo"—, comenzaría su conquista del mundo. Hoy, setenta años después, Helvetica está en los letreros del metro de Nuevaales, en el logo de American Airlines, en los carteles de las calles de Tokio, en los documentos de la NASA. Es, probablemente, la tipografía más usada de la historia.
Y sin embargo, Helvetica no es neutral. Nunca lo fue.
Helvetica nació en el contexto del Estilo Internacional Suizo, un movimiento de diseño que buscaba crear un lenguaje visual universal basado en la racionalidad, la claridad y la objetividad. La idea era que un diseño suficientemente depurado podría trascender las barreras culturales y comunicar de forma universal.
Esta idea era, en sí misma, profundamente ideológica. La "universalidad" que proclamaba el Estilo Internacional era, en realidad, la universalidad de los valores de la Europa occidental de posguerra: racionalidad técnica, eficiencia, modernidad, progreso. Era la universalidad del capitalismo industrial en su momento de mayor confianza en sí mismo.
No es casualidad que Helvetica se convirtiera en la tipografía favorita de las grandes corporaciones. Su aparente neutralidad era perfecta para empresas que querían comunicar competencia y profesionalismo sin revelar ninguna postura particular. Helvetica decía: "somos modernos, somos eficientes, somos confiables". No decía nada más. Y eso era exactamente lo que las corporaciones necesitaban.
Pero esa aparente ausencia de postura era, en sí misma, una postura. Usar Helvetica era alinearse con los valores del capitalismo corporativo occidental. Era decir: "pertenecemos al mundo moderno, al mundo de los negocios, al mundo de la eficiencia". Era excluir, implícitamente, todo lo que no encajaba en esa imagen.
En los años ochenta y noventa, una generación de diseñadores comenzó a reaccionar contra la hegemonía de Helvetica. El movimiento postmoderno en diseño —con figuras como David Carson, Neville Brody y el grupo Emigre— reivindicó la expresividad, la imperfección, la particularidad cultural contra la pretensión de universalidad del Estilo Internacional.
Paradójicamente, esta reacción también ha sido absorbida por el mercado. Hoy, las tipografías "expresivas" y "auténticas" son tan codificadas y predecibles como Helvetica en su momento de mayor dominio. El mercado tiene una capacidad infinita para convertir la resistencia en tendencia.
Lo que permanece es la pregunta: ¿qué tipografía usamos cuando queremos comunicar algo que no encaja en ninguna de estas categorías? ¿Cuándo queremos ser específicos, locales, particulares, sin ser exóticos? Esa pregunta sigue sin respuesta fácil.
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Redacción Acento
Equipo editorial de Acento. Blog latinoamericano y global sobre educación y ética en el diseño, avalado por la UNAM y la UAM Azcapotzalco.