A través de la obra de Paula Scher, exploramos cómo el diseño gráfico puede ser un instrumento de resistencia cultural y afirmación de valores en momentos de fractura social.
En 2017, Paula Scher diseñó un mapa de los Estados Unidos que se convertiría en uno de los objetos visuales más comentados de la década. El mapa, pintado a mano con palabras que nombraban ciudades, ríos, montañas y estados, era también un manifiesto político: una afirmación de la complejidad y la diversidad de un país que, en ese momento, parecía empeñado en simplificarse a sí mismo.
Scher no hizo ese mapa por encargo. Lo hizo porque necesitaba hacerlo. Y esa necesidad —la necesidad del diseñador de responder a su momento histórico— es el tema de este ensayo.
Paula Scher lleva más de cuatro décadas en la primera línea del diseño gráfico norteamericano. Su trabajo para el Public Theater de Nueva York, sus identidades corporativas para Citibank y Microsoft, sus carteles y portadas de discos: todo ello forma un corpus que es, al mismo tiempo, una historia del diseño gráfico de las últimas décadas y una crónica visual de la cultura norteamericana.
Lo que distingue a Scher de muchos de sus contemporáneos es su convicción de que el diseño no puede ser indiferente a su contexto. "El diseño es una respuesta al mundo", ha dicho en múltiples ocasiones. "Si el mundo está en crisis, el diseño tiene que responder a esa crisis."
Una de las contribuciones más importantes de Scher al diseño contemporáneo es su rehabilitación de la tipografía expresiva. En los años ochenta, cuando el diseño suizo y el minimalismo corporativo dominaban el campo, Scher comenzó a usar tipografías históricas —las fuentes de los carteles de circo, de los anuncios de principios del siglo XX— de formas que eran simultáneamente nostálgicas y radicalmente contemporáneas.
Esta elección no era solo estética. Era una declaración de independencia respecto a la tiranía del buen gusto corporativo. Era una afirmación de que la historia visual popular —la tipografía de la calle, del mercado, del espectáculo— tenía tanto valor como la tipografía de los libros de texto y las guías de estilo.
Los mapas que Scher ha pintado en los últimos años —de Estados Unidos, de Europa, del mundo— son objetos extraños en el paisaje del diseño contemporáneo. Son demasiado personales para ser diseño corporativo, demasiado elaborados para ser arte espontáneo. Son, en cierto sentido, la obra de una diseñadora que ha decidido usar sus herramientas profesionales para hacer algo que no tiene cliente ni brief: simplemente existir como respuesta visual a un mundo que le preocupa.
En ese gesto hay una lección para todos los diseñadores. La pregunta no es solo "¿qué quiere el cliente?" sino "¿qué necesita el mundo?" Y a veces, la respuesta a esa segunda pregunta es más urgente que la respuesta a la primera.
Autor
Redacción Acento
Equipo editorial de Acento. Blog latinoamericano y global sobre educación y ética en el diseño, avalado por la UNAM y la UAM Azcapotzalco.